Tratamos de corrernos de la idea de un museo como casa de las musas, la que, devenida del latín, tiene implícitamente el concepto de lo sagrado (es un templo) y como tal, que deja por fuera al profano.
En la confrontación sostenida por Adorno entre dos miradas de museo distintas, la de Valery y la de Proust, se plantean en cierta forma dos formas de entender o pensar un museo. El primero lo entiende como un espacio carente de vida, como una suerte de mausoleo, mientras que el segundo lo asocia a una especie de proyección del estudio del artista cuando dice «las estancias, en su sobria abstinencia de todo detalle decorativo, simbolizan los espacios interiores a los que el artista se retira para crear la obra».
Entendemos estas dos posiciones como una pasiva, la de Valery, y una activa, la de Proust.
El museo como un lugar de acción, como un espacio de pensamiento e interacción. Esta idea se contrapone, según nuestro parecer, con la de un templo en donde cualquier manifestación ajena es una profanación; nadie puede faltarle el respeto a los muertos.
En cambio, si entendemos el museo así, como un espacio de acción, como un ámbito abierto, plural, heterogéneo, cambiante, el concepto de museo se despliega, y se abre en un abanico de posibilidades.
Así empiezan a aparecer palabras que son conceptos que a su vez se hilvanan en una nueva idea: acción, transformación, apertura, transparencia, lo efímero, lo contingente. Ya no estamos ante el templo de las musas, ni en el mausoleo del arte, sino en el estudio abierto, desplegado del artista.
La idea de un edificio que se abre a la ciudad y a la gente, que es generoso con lo público sin voluntad de restringirse en la privatización de la cultura, aparece como consecuencia de una posición ideológica de, como diría Humberto Eco, una obra abierta. Un edificio, una obra, que busca desaparecer para que aparezca la cultura como el único sentido y valor de un museo, desinhibida, desbocada y erótica.
La transparencia nos permite mirar y ser mirados, el edificio abre su escenario a la ciudad; es parque y es sombra, como una carpa desplegada y abierta.
Pero así como todo artista, en un momento, necesita el silencio y el recogimiento, el sosiego y la penumbra del refugio, retirarse a lo profundo para reflexionar, el edificio se encierra, se cubre como una madre arropa a su hijo, como un pájaro en su nido y se hace silencio.
El edificio se vuelve opaco y oscuro para establecer la atmósfera; y suenan los primeros acordes.
Podemos decir entonces que el edificio son dos edificios en uno. Casi como el protagonista y su alter ego. Puede ser un ámbito transparente, cuyos límites son difusos, como una sombra en el parque, y a la vez se vuelve rápidamente cerrado como un refugio.
Puede ser la sombra de una carpa bajo el sol o una linterna en una noche cerrada. En última instancia, la propuesta construye una mirada contemporánea sobre el abordaje arquitectónico de la cultura que admite la contingencia, el episodio, la transformación. Un edificio que son dos, un espacio que es plural, un universo infinito de posibilidades.
Neuquén
Anteproyecto
Marco Zampieron
Adolfo Schlieper
Nicolás Gogenola
Sara Giani
Magalí Gomensoro
Tomás Gómez Paternó
Fernando Monti